La incómoda muerte

October 15, 2015

 

El día en que el chico del edificio contiguo saltó del noveno piso, era justamente mi momento para hablar de la muerte desde los álbumes ilustrados. Las cosas se me voltearon feo porque de hecho estaba muy contento de poder tocar el tema, se acerca Halloween y lo quería abordar desde la celebración. Había estado leyendo un libro buenísimo de Norbert Elias “La soledad de los moribundos” y me sentía de lo más valiente y nutrido para afrontar las críticas. Lo que ocurrió me puso lúgubre, me dejó perplejo, me dio dolor de cabeza; tal vez porque vi reflejada en la mortalidad del otro, de cerca, la propia.

 

Eso pasó el miércoles de esta semana, cuando vino un amigo increíble para hablar de temas increíbles en un tiempo sinvergüenzamente breve (últimamente me siento fastidiado con la idea de temporalidad porque también he estado leyendo “Sobre el tiempo” del mismo Elias).  Cuando él bajó me avisó en un mensaje que alguien se había lanzado del edificio, que su taxista lo había visto caer. Yo no pregunté nada más. Sin ánimo para concentrarme, al rato bajé con mi perro para visitar al muchacho. Me vino el dolor de cabeza, en seguida la tristeza, rematando con una sensación maluca en el estómago. La gente estaba agolpada en el pasillo y contra la reja, cruzando el parqueadero. Yo me regresé por donde vine y me fui al parque con mi perro. Al final no lo pude visitar. 

 

 

Edward Gorey, un artista estadounidense que hizo libros ilustrados para niños y otros, solamente ilustrados, entre tantísimas cosas que hizo. Inició su carrera a mediados de silgo XX  con un trabajo evidentemente marcado por lo macabro y por lo oscuro. La muerte estaba presente en casi todo, de forma ridícula o trágica, otras absurda y graciosa. Me alienta mucho ese tipo de observación de Gorey sobre el mundo. No maquilla nada para hacerlo más ligero, de hecho lo acentúa y esa honestidad tan particular y que aveces viene empujada por lo absurdo me trae una sonrisa. La obra de él que hay en la biblioteca Mr. Fox la he vuelto a leer completa en estos días.

 

A mí no me ensañaron a llorar por los desconocidos, pero cuando me contaron que él había vivido aquí de niño, que los papás se le habían muerto hacía poco y que había venido para hacer lo mismo acá, me entraron ganas de verdad. No hice el blog y me quedé pensando en estos días sobre eso. Ahora hay unos claveles puestos sobre la mancha que dejó con una veladora, y ahora por lo menos de alguna manera, he podido ir a visitarlo con mi perro, también puedo ver más claro que el malestar que me generó todo esto es porque secretamente he pensado que el de la mancha con la sábana blanca encima pude ser yo. Que aveces me siento muy solo y me gustaría que alguien tomara mi mano camino a  Emmiline.

 

 

 

Sí, voy a hacer las prescripciones con Edward Gorey y desde la muerte. Culturalmente para nosotros es incómodo hablar de la muerte, porque nos vemos reflejados y participes en ella, sobretodo cuando se trata de la autoaniquilación, y este es uno de los múltiples caminos que podemos tomar en vida, respetable como todos los demás. Recuerdo un libro muy bello que leí hace algunos años, una suerte de ciencia del dolor “Lo que no tiene nombre” de Piedad Bonnett.

Cuando me fui al parque con mi perro imaginé una solución, para eso fui allá. Él se enamoraba de mí y yo de él, poseído por la cursilería dispuse todo mi arsenal amoroso para salvarlo y lo conseguía. De seguro ni le gustaban los tipos. producto de leer tanto Gorey. Miento, de leerme a mí mismo. De cualquier manera, sí me habría gustado que se salvara. ¿Hay tantas maneras de salvar a alguién?