Leer para jugar

March 21, 2016

¿Usted lo tiene que hacer todo jugando? Me entre preguntó y regañó alguna vez un profesor en la universidad. Yo me imagino cerrando los ojos y mirando hacia el cielo, como la escena del ciego en Amelie, cuando ella trepidante lo lleva por la calle describiendo los eventos. Yo también recibo luz cuando veo hacía arriba y también me suena un corito celestial de fondo. Es increíble el poder que tienen las cosas cuando las verbalizamos, o cuando nos las verbalizan “yo lo hago todo jugando”. Sentí un descanso. Recordaba bien lo del juego de niño, lo olvidé haciéndome grande, lo volví a recordar en la universidad, lo volví a olvidar al amparo de la corporación en mi vida como asalariado. ¿Pero de qué demonios estoy hablando? De los juguetes que acompañan mis publicaciones en Mr. Fox.

 

Ellos cumplen la función para ustedes de telaraña “ay que lindo zorrito, cosita hermosa boca abajo, boca arriba, a babor, a estribor” me los imagino diciendo de mis muñecos sin fijarse en los libros que ellos acompañan, los esenciales del asunto; ellos son mi acción de resistencia, ellos están porque a mí todavía me causa un poquito de lío ser como otros adultos, manifestarme de una forma más rigurosa, más precisa. A mí me gusta hacer las cosas jugando: jugar a trabajar, jugar a ser responsable, jugar a leer, a dibujar, todavía me cuesta un poquito el asunto del amor y las discusiones políticas pero eso es otro asunto.

 

 

Jugar es una parte esencial de la literatura, “ficcionamos” cuando leemos, creamos posibilidades ante el dolor, el miedo o el desconcierto. Somos obreros ante la obra de un arquitecto, le damos sentido, poniendo paredes, haciendo la pintura, ensamblado ladrillos, aprendemos instintivamente cómo se compone el edificio y aunque en teoría nuestra labor sea menor, sabríamos cómo edificar la pared si se nos arrojara a su hechura sin el apoyo esta vez del diseñador. Cada vez nos hacemos mejores en el oficio mientras más paredes hagamos, ese es el aspecto crucial para mí entre leer y luego vivir la realidad. Lo segundo no está sin lo primero, yo “ficciono” todo el tiempo, recreo mis mundos y tengo pequeñas señas para cuando comienzo a creer que esto no es juego, que no es un sueño: mis juguetes. Sí, son ganchos para ustedes, una parte revelada de mi mundo interior, como personajes de compañía que leen los libros en la imagen detenida en el tiempo y en el caso de los más pequeños, que hacen parte de los escenarios en las páginas interiores, que los habitan. Así soy yo, recreado, inventado, invasor de los otros espacios cuando los leo, eso me permite sobrevivir, jugar en el mundo que nos es común a que sí soy alguien. No lo soy, yo no soy real, soy mi propia ficción y es así como puedo ser lo que quiera.

 

 

 

Para cerrar una anécdota sobre la vida de los objetos heredada de mi mamá, personaje esencial en mi formación como lector y también como elucubrador. Ella nació y fue niña en una finca de Marinilla, ahí pegadito a Medellín, y cuando llegó a Bogotá se encontró con los libros, sin embargo ya traía un bagaje alto de imaginación gracias al abuelo. De pequeño yo andaba de hiperactivo y con déficit de atención, lo sé de buena fuente que mi mamá se opuso a cualquier medicación, fue la única que se opuso (me rio). Mi mamá se había juntado con mi papá, un señor de una familia bien establecida en la ciudad, todos con su religión, sus costumbres, su lugar y sus demás modelos bien puestos; ninguno cuestionó, revisó o consideró otras posibilidades, sus modelos bien establecidos les impedía ser críticos, la imaginación, echada a perder. Mi mamá, una jovencita venida del campo tenía y la sigue teniendo, una recia imaginación, cultivada con las historias del abuelo, potenciada luego por la formación literaria del Teresiano, colegio del que se graduó gracias a que mi tía abuela atendía las labores domésticas de las monjas. Y así es como ella, plena de imaginación, hizo su pequeña resistencia. Pueda que no tuviera que ver con la literatura, o con que a mi mamá la cabeza le va a mil como a mí, pero valía la pena contar la historia porque siempre pueda que sí; fue ella la que me enseñó a hablar con los juguetes.

 

 

El pensamiento mágico puede ser un síntoma del pensamiento primitivo, pero eso no equivale a decir que sea algo negativo, solo que deberían prohibirle a los organismos políticos o religiosos, por ejemplo, hacer uso de él. Si a los niños y a los nuevos lectores, no me quiero poner muy hippie con esto, se les dijera por lo menos que la literatura es una herramienta, una suerte de artilugio en el que se puede jugar y que los vuelve poderosos… ¿qué pasaría? Yo sigo siendo fiel amante de la ciencia pero incluso ella, tampoco habría sobrevivido sin el pensamiento mágico.

                                                         

Para quienes quieran ahondar en el juego y en el animismo (la vida de los objetos) tengo dos lecturas referenciales “Los juegos y los hombres” de Roger Caillois FCE y “La vida íntima de los encendedores”, Páginas de Espuma, de uno de mis autores latinoamericanos favoritos, Ignacio Padilla, fue el último premio de “la otra Orilla”.

 

 

 

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