Los niños raros y extraordinarios

June 9, 2016

 

Hace algún tiempo inicié en ilustración una antología de niños raros y extraordinarios, que son todos y mis pocos amigos. Tuve que incluir a los imaginarios para robustecer el asunto. Los que más amo los conozco desde niño, o los conozco a ellos desde niños, y Tatiana, una de mis mejores amigas, dice que uno inicialmente antes de hacerse amigo de su futuro amigo, se siente atraído por él, lo desea o la desea secretamente. Las formas del amor pueden ser infinitas. Luego decide amarlo de esa forma rara en la que se ama a los buenos amigos, entre hermanos y amantes. Y yo también lo creo así porque siempre me he sentido atraído por la rareza, de esa manera he estado enamorado de raros y raras antes de hacerlos mis amigos. La fortuna es que todos ellos sin excepción han resultado ser extraordinarios, de ahí la antología. 

 

Unos días atrás en mi último taller con niños, me encontré con un niño que me recordó a mis amigos, y también a mí mismo, un niño raro y extraordinario, al que llamaré Micachelli, no porque quiera proteger su identidad (¿o tal vez sí?) sino porque no recuerdo su nombre, posiblemente nunca me lo dijo y yo tampoco lo pregunté, bueno y es que es fácil referirse a Micachelli como el raro y extraordinario sin que tenga nombre en mi cabeza (ya no vuelvo a utilizar más el término).

 

 

El asunto de mi visita era enseñarles a los niños cómo se puede ilustrar poesía (según Lucas) y para el ejercicio llevé libros en clave poética pero muy distintos entre ellos, poemas, prosa poética, juegos de palabras, cada cosa dispuesta para una función particular, ¿el objetivo? Sacar del agujero a la poesía, limpiarle un poco aquella mala imagen de romántica, rimada y aburrida que puede tener entre los niños (y los grandes también) y uno de los ejemplos que les suele gustar por el contenido ácido entre las epístolas que se envían los hamsters es “Tito y Pepita” de Amalia Low. Puestas las cartas sobre la mesa les pedí que escribieran y dibujaran sobre lo que quisieran, los amigos, cosas que les disgustaban , el partido de fútbol, cosas cochinas o feas, “¿podemos escribir sobre alguien que nos caiga mal?” me preguntó uno de los niños: así llegué a Micachelli, era él el que le caía mal al niño de la pregunta.

 

 

Sí me pareció curioso y hasta genial que uno de los niños centrara el ejercicio en la extensión de los brazos que tenía el personaje de su dibujo, y en cómo estos cubrían la página de lado a lado, el significado profundo de los brazos y de las manos, “es que es un dios” me dijo. “El dibujo está una nota” le respondí a Micachelli “volvámoslo un poema ahora”. Y cuando me lavanté para moverme hacía otro niño, Micachelli me tomó de la mano como se toman los novios y balbuceó algo que ahora ya no recuerdo para que me quedara. Ese es el significado profundo de su dibujo, del futuro poema, el contacto, las posibilidades de las manos. Son un atributo de los dioses.

 

“El oso que no estaba” de Oren lavie, ilustrado por Wolf Erlbruch es la historia de un picor, que se rasca y le comienza a nacer pelo, ahora en ese lugar, aparece del picor un oso que no estaba, él no sabe bien qué tipo de oso es así que emprende un viaje por el bosque para consultar opiniones de distintos personajes. La clásica travesía del personaje principal es en el caso de este libro un pasaje por la reflexión lisonjera y filosófica de la identidad, de cómo nos reafirmamos a través de la aprobación social pero también de cómo construimos el universo personal, que resiste y persiste en su particularidad, nuestro secreto hogar, el lugar verdadero de reposo o de flagelación, nuestro yo.

 

El niño que me preguntó si podía escribir sobre alguien que le cayera mal escribió sobre Micachelli, y supongo que era algo de verdad feo porque no me lo quiso enseñar, ahora, y esto lo dije en mi cabeza, habría que felicitar el concepto editorial del poema porque decidió hacerlo sobre una suerte de pared dibujada cuyos laterales se cerraban como si fuera una ventana, y ocultaba el contenido. “Bueno, Tito y Pepita solucionan su problema gracias a la enfermedad de Pepita y dejan de escribirse cosas feas, ¿cómo solucionarás tú el tuyo con Micachelli?” a lo que el niño respondió que no lo quería arreglar porque sencillamente Micachelli le caía mal. ¿Lo peor? Micachelli siempre estuvo a nuestro lado, lo podía escuchar todo, aunque no pareciera. Tal vez de hecho no lo hacía, hay cosas que uno mismo puede decidir sencillamente no escuchar, eso hace el oso en el cuento de Lavie, eso hice yo muchas veces cuando otros niños también me molestaron de pequeño, diseñé mi propio microcosmos y allí ocurría todo lo que me gustaba que ocurriera, lo demás sencillamente no existía. Así es como me hice Lucas y no recuerdo con amargura mi infancia solitaria, todo lo contrario.

 

 

Hay un punto central en el dibujo de Micachelli, es el dios, y sus brazos que se prolongan lateralmente hasta alcanzar los límites de la página. Un niño que no le tiene miedo al contacto y a las categorías simbólicas que éste representa, es un niño valiente. Yo no lo era, y estaba muy asustado de tener que asomarme de mi pequeño universo para recibir una pedrada en la cara, pero Micachelli no le temía a andar fuera de su pequeño universo, de hecho lo hacía tranquilo y tal vez esto es lo que más irritante le resulta a otros niños, la ausencia de miedo, ¿y qué es sino el miedo el arma de control social y la forma en que hemos aprendido los humanos a dominar a otros?

 

Hace mucho, cuando yo era niño y no sabía leer me gustaba mucho que me leyeran un cuento, se llama El oso que lo era, de Frank Tashlin. Pienso que entre las muchas cosas que lo hacen un libro maravilloso, la razón por la que más me gustaba y le sigue gustando a muchos niños luego de 67 años de su publicación original es que Tashlin hace uso de la repetición narrativa en donde todos los personajes sentencian que el oso no es un oso sino un  hombre tonto con un abrigo y sin afeitar. Así uno se anticipa a la pequeña tragedia del oso y también repite gustoso la sentencia. En el cuento, cuando el oso despierta de su periodo de ivernación en lugar del bosque que habita hay una fábrica y decide acercarse a un obrero para solicitar explicación de las actuales circunstancias, a lo que este responde que lo que debería hacer es estar trabajando, el oso argumenta que es un oso (disculparán mi falta de precisión) y no tiene por qué trabajar, viene la sentencia anteriormente citada y que se repetirá con cada uno de los personajes por los que el oso es conducido para certificar su confusión, incluidos otros osos que afirman lo mismo que los hombres, de lo contrario estaría en la jaula junto con ellos, no fuera. El oso termina por creer que es un hombre y comienza a trabajar en la fábrica como los demás. Yo fui, y aún lo sigo siendo un poco, un oso que no lo era como la mayoría de los mortales que conozco: oprimidos, domesticados, reducidos, alienados por la fábrica feroz. La ausencia de bosque.

 

 

Micachelli es un “oso que no estaba” que nació de un picor “de la rareza” y que se mueve tranquilo por el bosque, no sé si de verdad no tenga miedo en absoluto, pero debe saber que su valentía lo conducirá a un lugar donde la felicidad es un concepto genuino, tal vez no seguro pero sí genuino, es el verdadero hogar de Micachelli. Me llena de felicidad saber que hay más niños como él, más osos, zorros, caballos, lagartijas, gatos que nacen de picores y que terminan por descubrir que son lo que en verdad son, pese a la aprobación o desaprobación del bosque (¿o de la fábrica?). Espero volverme a encontrar con él algún día y tomarlo de la mano como un genuino gesto de cariño, sin temer por él o por mí. 

 

A Micachelli dedico este breve texto, extenso para lo usual, por tener el valor de existir y persistir. 

 

 

 

 

 

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