La oscuridad de la noche

December 1, 2015

 

“Olvidaste prender la lamparita” le gritó dos veces Zohár a su papá. “Esta noche no hace falta. Hay luna llena” le responde. Pero no es así, no hay luna en el cielo, Zohár es pequeña y siente miedo de la oscuridad. La noche es una bóveda de cosas fascinantes, y la pequeña Zóhar está a punto de descubrirlo, cuando se lanza a la oscuridad para encontrar a la luna.

 

 

Mr. Fox prescribe para el miedo a la oscuridad en la noche, y también los espíritus noctámbulos “Noche sin luna” de Shira Gefen y Etgar Ketet, ilustrado por David Polonsky, editorial FCE.

 

Yo podría pensar que lo que haría una niña asustada en la oscuridad es hacerse bola entre las cobijas y evitar a toda costa seguir recibiendo toda la información extrasensorial que da cuenta de todo aquello que la rodea y que antes, en la luz, no percibía. Pero Zohár no es una niña así. Siente más curiosidad que miedo, está llena de preguntas y se arroja al mundo oscuro para responderlas. Yo podría pensar que este es un libro sobre el miedo a la oscuridad, pero veo un subtexto más poderoso sobre el cuestionamiento y la búsqueda de aquello que permanece oculto, de lo que no es obvio, de lo que no se nos permite tener conocimiento.

 

 

Fue evidente para mí hace un par de años en la librería, cuando el padre de una niña (un personaje reconocido y muy estimado en el circuito de la economía nacional, además de académico de una respetada universidad) me postuló ipso facto a la hoguera, por recomendarle a su pequeña “Noche sin luna”. El libro donde una niña sale a la calle sin papá, para resolver el asunto de la ausencia lunar, esto por supuesto de la lectura primaria. Él no vio que también se trata de una niña que de hecho en la búsqueda de la luna en la oscuridad, vence el miedo a la misma, que distinto de ser una metáfora de la fuga fortuita se trata de la búsqueda de las grandes preguntas infantiles, que está la valentía, la curiosidad, el cuestionamiento, el análisis de datos y la invención de soluciones. Que finalmente Zohár busca la luz, y cuando la encuentra, también decide compartirla.

 

Él sólo vio que a su pequeña le iban a vender la idea de volarse del yugo patriarcal (¿o habían otras razones para que ella estuviera pensando hacerlo?). Y dejando a un lado las cosas buenas y subtextos que este libro pueda tener, y esto va para todos, por el sencillo placer de la lectura gozosa, donde todo tipo de ficciones nos son permitidas, donde somos, como en pocas cosas, infinitos en posibilidades; dejen leer a los pelados lo que se les antoje y si quieren hacen algo bueno por ellos, acompañen sus lecturas y no cierren los cierren solo a Julio Verne, previo conocimiento de sus buenos contenidos en modelos conductuales.

 

 

Así pues, tenemos la pequeña odisea de una niña que ha decidido ser valiente al arrojarse a la oscuridad para resolver sus preguntas. La ilustración magistral de Polonsky  configura al lector en la atmósfera nocturna de lo secreto, y que va develando con mayor insistencia lo que oculta la oscuridad, como en esta escena donde Zohár y un policía son el acto central, pero vemos cómo otras manifestaciones van emergiendo de lo oculto.

 

La travesía lleva a Zohár hasta lo profundo del bosque donde descubre por fin el paradero de la luna, que se ha enfiestado con un solitario pianista y se retuerce de la alegría con todo y estrellas. Lo que encuentra al fin Zohár es la posibilidad (previa negociación con los implicados) de retornar  la luz al cielo nocturno, y cuando no, recordarnos que entonces habrá un hombre solitario en el bosque, que es feliz bailando con la luna.

 

Este libro es muchas cosas al tiempo, es una hermosa pieza literaria traducida del hebreo, un álbum ilustrado soberbio, para mí sin duda una obra de arte editorial, que consciente de su naturaleza gráfica hace uso por ejemplo de cierto tipo de papel para darnos aquella sensación platinada de la noche. Una obra maestra que nos dejó la extraordinaria editora Eliana Pasarán, de quién además en breve tiempo aprendí cosas alucinantes.